Publicado en literatura

Dos en la carretera.

Mientras miraba el café de postre, Toño acariciaba el pañuelo que tenía entre sus manos. Sus acuosos ojos no se empeñaban en disimular el estado de ánimo.

-¿Qué tal llevas el viaje más duro, amigo? –le preguntó Imanol, mientras terminaba de retirarle los platos de la comida.

Su viaje más duro, así lo había catalogado su viejo compañero de vida, aquel que llevaba casi tres décadas dando comidas más que dignas al rudo camionero leones.  Aquel  que a lo largo de tres décadas, le había dado el  más sentido y verdadero pésame por la muerte de padre, madre y una joven hermana, sabía que,  éste ,  precisamente éste, era su viaje más difícil.

-Lo llevo, lo llevo como puedo -fue la respuesta de Toño.

Imanol era mesonero de cuarta generación,  y el Jatetxea el templo de su familia desde hacía más de 100 años. A lo largo de su vida había visto crecer carreteras y fronteras mientras ofrecía  de comer a miles de  personas,  apreciando a muchas  pero conociendo a pocas. Toño  era uno de esos pocos.  Ese leonés que se empeñaba en llamar a su país las vascongadas, que le decía socarronamente que era el último lugar de España donde se podía comer decente antes de entrar en el país de los gabachos, se había ganado su amistad. Les separaba la ideología política, las  banderas,  el equipo de futbol y hasta convicciones religiosas, pero les unía la  verdadera amistad.

Toño recordaba aquel viaje en el que le hicieron un curioso encargo, llevarse a un perro a Francia, un viaje solidario le llamaban. Cachorrito   maltratado y finalmente abandonado, recogido por protectora, había hallado un hogar en Francia, y necesitaba transporte. El fue reacio al principio, pero finalmente aceptó, porque  estos chicos del refugio les parecía buena gente.

Y llegó el día en el que aquel pequeño   bodeguero, asustado, de mirada triste, le fue entregado en un transporting  y con el  una dirección en Bayona. Iba en esa ocasión a Burdeos, así que le venía de paso.  El animalito se portó realmente bien, le habían dado pienso para el viaje pero Toño al llegar al Jatetxea decidió bajarlo y tras pedir permiso a su amigo éste le autorizó la entrada acompañado.

-¿Te acuerdas Imanol, aquel primer día  que lo traje? Como se comió la carne cocida con tomate.

-Como no me voy a acordar, siempre tiene éxito nuestra Haragi egosia tomaterekin pero verlo a el comérsela con tanto gusto, mientras nos miraba, como agradeciéndonos a cada instante. Ese momento no se olvida.

Y Toño llegó a aquella dirección de Bayona, un caserío grande, con familia vasco-francesa que recibió al perrito con cariño. Quisieron darle una gratificación que el rechazó y continuó su camino.

Pasaron un par de meses y el destino le llevó a cargar precisamente a esa misma localidad. Llegó al almacen antes de la hora y decidió dar un paseo por el pueblo para estirar las piernas. Curiosamente, sin pretenderlo, llegó hasta el caserío donde había entregado al bodeguero. Y estaba allí, en la puerta, con esa mirada triste. Esa mirada que cambió en cuanto lo reconoció. Comenzó a ladrar, a querer saltar la verja, como si pudiese salirse entre los barrotes, a llamar desesperadamente su atención, tanto que el dueño de la casa salió a ver qué pasaba.

Toño se presentó, aunque no hizo falta porque el señor le recordaba. Le comentó que el perro no era lo que ellos habían pretendido, deseaban un perrito más faldero, que éste no jugaba con los niños.

El camionero leonés no se lo pensó y lo convenció para que se lo cediese. El hombre pareció hasta aliviarse, realmente esa familia no lo quería.

Toño nunca olvidará la alegría del cachorro en cuanto se montó de nuevo en la cabina del camión.

-Te llamaré Bayona, para que no nos olvidemos del sitio al que no tienes que volver.

A la vuelta, volvió a parar en la Taberna de Imanol y  en aquella ocasión dio buena cuenta Bayona del chorizo cocido, también especialidad de la casa.

Al llegar a casa, sus hijos se alegraron de ver aquel nuevo amigo, su mujer no tanto, pero con una sonrisa resignada, lo admitió en casa. Empezó una nueva semana para Toño en la carretera y se despidió como siempre de su familia, también de Bayona pero éste no quiso quedarse en casa y siguió al camión hasta que Toño lo paró y le permitió subir.

Desde entonces, Toño y Bayona  se  habían convertido en inseparables  compañeros de viaje durante más de 10 años.  Cuando  alguna vez el cansancio del camionero hacía mella y sus ojos amenazaban con cerrarse, su fiel copiloto le advertía  con sus ladridos. Sabía que le debía  la vida a aquel perro.

Y ahora el no estaba, era el primer viaje que no venía, el primero de Toño  desde que tuvieron que dormile para que no sufriera más. Estuvieron juntos en esos momentos, sus miradas se fundieron , volvió a ver a ese cachorrito asustado del transporting. Y Toño lloró por su amigo.

Imanol se había sentado frente a el, compartiendo su duelo.

-Qué le gustaba llevar el pañuelo que le regalaste- dijo Toño  sonriendo con tristeza   y abriendo sus manos para mostrarselo.

-Por supuesto, un buen vasco no puede ir sin un buen pañuelo al cuello- le contestó el tabernero.

-Pero Bayona no era vasco-le debatió Toño.

-Como que no era vasco Bayona, Bayona era más vasco que las chapelas. Te lo digo yo.

Y ambos rieron, con amargura.

-Se acabó, amigo. –le dijo Toño. Me retiro de la carretera. No aguanto la soledad de los kilómetros sin el.