Publicado en literatura, Una mañana de lluvia.

Una mañana de lluvia.Desenlace.

4ª  entrega: Desenlace.

Una semana después, Correos me entregó un paquete, al abrirlo,lo primero que vi fue una carta.

Hola Sara: Te devuelvo la ropa y el paraguas que tan amablemente me prestaste. Gracias por todo.

Había pensado en enviártela con sólo ésta escueta nota pero me apetece mucho contarte cómo fue todo. El día empezó mal, con una lluvia que me caló hasta los huesos. Menos mal que un ángel me auxilió. Conocerte fue lo mejor de aquél día. Sí, no lo fue  el reencuentro con Gisela. Llegué a tiempo, me senté en una mesa frente a la puerta, para verla llegar. Tenía tantas ganas, la había echado tanto de menos. No te imaginas cuánto había imaginado y soñado ese momento. Cuando me levanté para besarla, me temblaban las piernas. A ella no. Se sentó relajada frente a mí. Posiblemente ella también había pensado previamente lo que iba a decirme. Está muy feliz, ha conocido una persona que la ha enamorado y piensa que no es buena idea que nos veamos más. Es increíble con qué pocas palabras se rompe un corazón, se mata una ilusión y se pone “en su sitio” a alguien que quiere pasar el resto de tu vida contigo. Tenía prisa, él trabajaba frente a la cafetería donde me había citado y a las dos habían quedado para comer juntos. Mis días nerviosos, mis noches sin dormir, mi miedo ante el reencuentro, el viaje, todo el día esperando la hora de tenerla enfrente para poder declarar el amor que aún le tengo, se transformaron en nada, como las letras que desaparecen en un papel mojado. Estuvimos juntos poco más de media hora pero fueron largos minutos de incómodos silencios. Ella tenía ganas de irse y yo estaba tan roto por dentro. Pagué la cuenta y nos separamos, sé que para siempre.

Me he leído ya «La última vuelta del Scaife», tienes razón, es una gran novela. La historia de amor es bonita, pero me quedo con esa otra de amistad, surgida por los caprichos del destino, pero trabajada y labrada por los hombres.

Tengo ganas de volver a pisar esa librería donde conocí a un ángel llamado Sara. Cuídate.

Leí la carta varias veces seguida. Respiré hondo antes de darle la vuelta al sobre y comprobar, con un poco de miedo, si había puesto, o no, sus datos en el remite.

Sí, allí estaban. Comencé a responder le justo en ese momento.

Continuará, próximo viernes.

 

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KEEP CALM AND CARRY ON.

El “KEEP CALM AND CARRY ON” se puede ver  en  todo tipo de lugares: camisetas, tazas, cubre-manteles , llaveros, ¡hasta en el baño!. La traducción es sencilla: “mantén la calma y sigue”. Aunque parezca  una  tendencia  moderna, fue creado por el mismísimo gobierno británico en 1939, cuando ya se temían los bombardeos nazis sobre la población durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque le dieron bastante difusión, el lema no caló en la población y los carteles terminaron en el olvido. Hasta que, muchos años después, en el año 2000, en una vieja caja, en una tienda de libros de segunda mano, antigua estación de tren,  fue localizado un ejemplar. A la dueña le gustó tanto que lo colgó  y a su clientela también, que fue difundiéndolo hasta convertirlo en un lema del siglo XXI,  mundialmente conocido .

Aquí dejo el video donde se explica. https://youtu.be/FrHkKXFRbCI

 

Publicado en literatura, Una mañana de lluvia.

UNA MAÑANA DE LLUVIA. 3ºEntrega. Sara y Alejandro.

El cielo parecía no cansarse de expulsar agua. La marquesina de la librería no era suficientemente amplia para proteger a alguien por completo de la lluvia, y menos a dos. En cuanto salí, un señor que lo intentaba, temeroso de invadir mi puerta se apartó quedándose casi a la intemperie. Era como estar en un ascensor.

-Vaya día que tenemos , ¿verdad?-le comenté por mera educación.

-Sí, es difícil caminar en éstas condiciones-contestó él, excusándose por estar ahí.

Aquel hombre empapado supuraba un halo de tristeza y preocupación.

-¿Fuma usted?,-le dije ofreciéndole un cigarrillo.

El lo aceptó, agradeciéndomelo con una tímida sonrisa.

Podría haberme importado que pensase que era una pesada, o que quería importunarlo para que me dejara libre el escaparate de la tienda, pero algo me empujó a darle conversación a aquel desconocido.

-¿Viene usted mucho por ésta zona? Llevo años trabajando en ésta librería y no le había visto nunca. Disculpe si le parezco entrometida.

-No, no se preocupe, no me molesta en absoluto su pregunta. Sólo he venido a hacer una gestión. He llegado hoy en tren y me marcho ésta misma noche.

-Pues mientras espera que pare la lluvia, ¿porque no entra? Tengo café caliente.

-Es usted muy amable, vuelvo a aceptarle el ofrecimiento.

Me di cuenta que el señor echaba un amplio vistazo al local, mientras yo me apresuraba a sacar una taza extra del mueble donde guardaba mis pertenencias. Pero cuando vio al fondo las estanterías repletas de libros , la parte que aún era librería, no pudo evitar acercarse.

-Este rincón es maravilloso.

-¿Como un paso atrás en el tiempo verdad? Lo conservo tal cual era, cuando mi familia inauguró la librería, allá en el 1856.

Al volverse hacía mí se había quedado mirando agobiado el rastro de agua que había dejado.

-No se preocupe por el suelo, yo llevo todo el día entrando y saliendo, siempre que hay lluvia termina así, y a veces soy yo la única que entro y salgo.

Aparté unos libros que estaban sobre la vetusta mesa de caoba para colocar la bandeja con los cafés y el azucarero. No estaban allí por dejadez mía, ni por falta de tiempo para colocarlos, ya me gustaría a mí, sino porque eran novedades editoriales, y sobre la mesa la gente los vería y tendrían oportunidad de ser comprados. Mi experiencia me decía que los que llegaban a la estantería, terminaban quedándose allí mucho tiempo. Tampoco me iba a quejar porque de vez en cuando aparecía algún antiguo cliente, aún reacio a comprar en grandes superficies, que me adquiría un ejemplar de Rimas y Leyendas de Bécquer, o algo de Dostoyevski. A veces los profesores pedían leer a sus alumnos un clásico y hasta tenía que hacer algún pedido extra. Por lo demás, aquello podría pasar por una sección de “El cementerio de los libros olvidados”.

-Lo siento, no tengo aquí leche, pero si quiere, puedo subir a casa, vivo justo aquí arriba.

-No, no se moleste, lo tomó así.

-De todas formas, le voy a dejar un momento solo, tengo ropa que creo que le servirá, está usted empapado. Desgraciadamente tengo la secadora rota, pero con el calefactor que tengo aquí, algo podremos conseguir.

Volví apenas cinco minutos después, con el pantalón de un chandal azul y una sudadera universitaria que había pertenecido a Paul, mi ex, el último de una demasiada larga lista para mí de fracasos. No volvería a por ella en una larga temporada, estaba cumpliendo condena en una cárcel francesa por tráfico de drogas. Lo habían cogido viniendo de Colombia cargado. Siempre despreció el trabajo, el mío sobretodo, le gustaba más el dinero fácil.

-Siento que no sea tan elegante como lo que usted lleva, pero está seca. Lo malo es que igual no es la apropiada para su cita de negocios.

-No, no voy a una cita de negocios, voy a reencontrarme con una chica. Estábamos saliendo, pero nos hemos distanciado, ella se ha venido a vivir aquí.

Me quedé con ganas de preguntar. No lo niego. Iba a ver a una antigua relación, ella había puesto “tierra de por medio” , y no había ido a recogerlo. El estaba allí solo, cambiándose en el cuarto de baño de mi librería.

-Vuelvo a decirle que es usted muy amable, dijo nada más salir con su ropa mojada en una mano.

-Sara, me llamo Sara, y la verdad es que el “usted” me hace sentir mayor.

-Yo Alejandro-me contestó sonriendo tímidamente pero más relajado.

Me serví un café y le ofrecí otro, pero él lo declinó. Mientras esperaba que yo bajase con la ropa seca, había estado ojeando una de mis novelas favoritas, «La última vuelta del Scaife».

―No sabía de ésta novela, y por lo que veo, tiene muy buena pinta.

―Es un novela poco conocida. Ha tenido que recorrer un largo camino para llegar aquí. ¿Te gusta la literatura?

―Sí, me aficioné a ella cuando joven. Fui jugador de fútbol sala y leer me entretenía en los desplazamientos de una ciudad a otra. Es un vicio que me acompaña aún.

―Me gusta ese vicio, pero claro, ¿qué va a decir una librera?

―Es un bonito oficio.

―Tampoco pude elegir, era el negocio familiar. Aun así , me apasiona. Me gusta leer, y disfruto cuando alguien entra por esa puerta y me pide que le recomiende una novela. Y aún más cuando vuelve y me dice que he acertado, claro.

―Y a mí. ¿Qué novela me recomendarías?

―Precisamente la que has cogido. Tiene un poco de todo, desde una lección de tolerancia religiosa, un tratado sobre la amistad más pura, y hasta una gran historia de amor, de esas que duran toda la vida.

―Supongo que esa historia de amor tendrá un final feliz, ¿verdad?

-Bueno, más o menos, digamos que un final real, acorde con la vida y sus vueltas, alejado del «y fueron felices y comieron perdices», que es una bobería que sólo pasa en el cine y en las novelas.

 

Lo noté que algo que habría dicho le había hecho volver a su vida y momento actual, quizás al porqué estaba precisamente aquí, que no era exactamente en una librería. El estar en mi local era sólo una casualidad temporal, su mente y su cuerpo querían estar en otro sitio, junto a la mujer amada. Y mis palabras, de mujer que ya no quiere creer en el amor, le habían quemado.

-Que no quiero decir, perdóname, que las historias de amor tengan que tener siempre una fecha de caducidad, algunas pueden durar toda la vida. Que yo no haya conocido ninguna no significa que tu chica no te esté esperando para vivirla.

-No sé si ella me está esperando para ello- dijo mirándome por primera vez a los ojos Alejandro.

Vi en sus ojos, miedo, mucho miedo, y a la vez una esperanza, un deseo, una lucha y mucha ternura. Para alguien orgullosa de encontrarse cada mañana frente a los suyos, tan blindados, ahora, no sé por qué, precisamente sentí una cierta envidia. Después de tantos sinsabores, del tiempo perdido en lágrimas, cuando por fin puedo disfrutar de la paz, ¿por qué tener envidia de los sentimientos de éste pobre hombre? Tenía una mirada preciosa, la que sólo una persona muy enamorada puede tener.

Nos enfundamos en una charla sobre todo y nada. Me contó que intentaba ganarse la vida representando prendas deportivas, vendiendo  ropa a los equipos de fútbol- sala con los que aún seguía manteniendo contacto. Cómo, con la dichosa crisis, los patrocinadores cada vez apostaban menos por el deporte de base y cómo, ese no tener un futuro económico sólido, le había hecho retrasar demasiado el haberle pedido matrimonio a su Gisela, comprar una casa, soñar con hijos. Y ella se había ido enfriando. Le había dicho que no podía vivir con una persona que se lo pensaba todo tanto. El había meditado en ello y ahora estaba dispuesto a lanzarse para recuperarla. Cuando más relajados estábamos, miramos el reloj y habían pasado casi tres horas.  Alejandro me miró desesperado.

-¿Tan tarde es ya? ¿Llegaré a tiempo?- Comentó levantándose como si fuese un muelle.

-Sí, tranquilo, coges el 37 justo aquí al lado. La parada está junto a la ferretería, la única que queda en el centro. Aquí dice que en 9 minutos pasará el bus. Y en otros 15 como mucho estarás frente a tu amada. Te quedará hasta tiempo para ponerte aún más nervioso esperándola.

-Sara, ha sido un placer. Me ha encantado conocerte. No es un cumplido, es la verdad.

-Llévate éste paraguas que lleva aquí tanto tiempo olvidado que se diría que te estaba esperando. Y en ésta bolsa vamos a meter tu ropa,  aún está húmeda. Vas a hacerme un poco de publicidad .

-Cóbrame el libro, me lo llevo, será un buen recuerdo de ésta magnífica mañana.

-Quería regalártelo.

-No, por favor, me has dejado ropa, me has invitado a café, me prestas un paraguas y … Por favor Sara, cóbramelo.

-Vale, si insistes, vas a ser mi venta más importante de ésta mañana. Y ahora vete, que al final vas a llegar tarde. Aquí tienes tu librería.

Me sentí arropada por un abrazo y una sonrisa de inmenso agradecimiento. Me miró de nuevo a los ojos, agarrándome ambas manos. Y salió corriendo, en busca de su destino.

Lo vi marcharse desde la puerta donde hacía tan poco nos habíamos conocido . Cuando volví al interior de la tienda, la noté vacía.

Continuará, el próximo viernes.

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SI BEBES, NO CONDUZCAS,SI COMES SETAS, NO OTORGUES PREMIOS.

Se confirma , cuando el jurado de los premios Nobel estaba hace unos días deliberando,en el almuerzo sirvieron un extraño plato con setas …de esas. Inmediatamente después de comer, volvieron al curro,que el suyo es pensar. Uno de ellos ,que había estado en Jamaica recientemente ,debió hacer alguna asociación de ideas en su cerebro con las setas y exclamó :a mí me gusta como escritor B ob Marley. Otro le recordó que no podía ser porque estaba muerto,y sólo pueden recoger ese premio los vivos. Pues B ob Dylan,le contestó el de antes molesto. Pues ese , ya esta,B ob Dylan premio Nobel de literatura,dijeron todos. Pero ahora va el Dylan “haciéndose el sueco” y pasando del premio, que no lo quiere. Y los suecos andan preguntando,por lo bajini, a otros escritores si lo aceptarían, no a todos les gustará  pasar a la Historia como Nobel de segundo plato. Se dice,se comenta, que están pendientes de que les conteste Madonna.